domingo, 22 de marzo de 2026

335. ¿GESTOS DE HUMILDAD Y DE GRANDEZA?

 

                      Es bueno traer a la memoria


                                       

        Hace décadas escribí una larga carta que me fue publicada por el diario “La Tercera”, y que, no obstante, -creo no equivocarme- que aún mantiene plena vigencia, en especial para las generaciones que no la vivieron; razón por la cual he creído oportuno publicarla en este medio apelando a la paciencia de los lectores.

       La opinión pública no puede estar ajena a los diversos llamados formulados por varias autoridades de gobierno o por los principales líderes de la Concertación, en relación con lo que comúnmente ha sido identificado como “problemas de derechos humanos”. Se piden ahora “acciones de humildad” o “gestos de grandeza”, por parte del Ejército de Chile, concentrando en él una presunta y exclusiva responsabilidad por los hechos del pasado. Con ello no hacen más que ratificar cuan frágil es la memoria de los chilenos. Se pretende que con un mea culpa o acto de contrición se allane el paso a la reconciliación nacional. Particularmente, creo que solo se persigue juzgar históricamente a una institución que no hizo otra cosa –junto con sus instituciones hermanas- acoge el clamor nacional cuando se habían agotado todas las instancias democráticas para evitar el caos en que se hallaba sumida nuestra nación.

        Pero si se trata de “gestos de humildad o gestos de grandeza”, estos deberían ser a nivel nacional, especialmente por aquellos que hicieron posible que las cosas llegasen a tal estado en 1973. Los que llevaron al país al borde de una guerra civil producto de una profunda crisis moral, social y económica; los que provocaron el quiebre del  orden jurídico; aquellos que incitaron al relajamiento, la anarquía y la inmoralidad en el campo laboral y gremial; esos que violaron sistemáticamente la Constitución y las leyes de la República; los que se arrogaron hacer un juicio de mérito a los fallos judiciales; los que estimularon la creación de organizaciones sediciosas e ilegitímenle armadas destinadas a constituir un Poder Popular, base para la dictadura totalitaria. Este acto de contrición debería ser asumido también por todos aquellos que a través de los medios de comunicación o desde sus intervenciones en el parlamento llamaron a los comandantes en jefe a poner término al caos reinante en el país; por todos los que acostumbraban a lanzar monedas o maíz al paso de las Fuerzas Armadas en los actos públicos, demandando poner fin al desorden reinante.

     En el plano de las responsabilidades es injusto, falto de objetividad y arbitrario endosarlas tan solo a una institución. Por otra parte, pretender que un conflicto como el que sacudió a nuestro país y en la forma en que se presentó y desarrolló estuviese ajeno a excesos por ambos lados, es mirar el pasado con miopía y el futuro con ataduras inconvenientes para la tranquilidad y la prosperidad de nuestra nación. A nadie puede escapar concebir la guerra como un exceso y un conflicto armado entre hermanos lo es aún más. Nadie anhela ni busca los excesos, pero estos lamentablemente se dan, aun cuando ellos no se justifiquen en modo alguno -como en los hechos ocurrió por ambos lados-. Es muy triste reconocer que en ocasiones hay víctimas inocentes. De hecho, en la actualidad existen personas civiles e incluso niños que fueron afectados seriamente con daños físicos de por vida y otros que fallecieron en atentados terroristas. Por esta razón, no se pueden juzgar los hechos del pasado con una perspectiva tan estrecha, a menos que pretendamos dilatar permanentemente en el tiempo una animosidad perniciosa que a la postre derive en que los ciclos negativos se repitan.

        Comprendo el profundo dolor que aflige a las familias de las víctimas de situaciones no deseadas, entre las cuales se encuentran también numerosas perteneciente a las FF.AA. y de Orden, pero que, sin embargo, han asumido en silencio su dolor, sin manifestaciones callejeras ni conferencias de prensas ni mucho menos han demostrado resentimientos hacia terceros. Por el contrario, han acatado con respeto y resignación los numerosos indultos concedidos por S.E., el presidente de la República, en uso de sus facultades legales, a reos vinculados con hechos de sangre, adhiriendo así a la tan ansiada reconciliación nacional.

        Es obvio también que resulta más sencillo hablar en estos términos cuando no se ha sido afectado personalmente, por ello es que se requiere de una doble generosidad por los que sí han sido, en aras de un necesario y pronto reencuentro. Bajo este punto de vista es digno de destacar la actitud asumida por padres, hermanos, amigos y familiares de numerosos oficiales, clases y soldados de las FF.AA. y de Carabineros, alevosamente asesinados por grupos de extremistas y cuyo dolor y angustia no es menor que el de las familias de quienes se escudaron en el anonimato y en la clandestinidad para su perverso actuar.

        Como corolario, puedo afirmar que, a más de treinta años de esta nota, el Ejército de Chile ha sido el único que ha realizado gestos de grandeza y demasiados -según mi modesto parecer- y no muy bien recibidos por quienes vivimos ese periodo. En especial, por aquellos que hoy cumplen injustas condenas víctimas de una justicia espuria, o han fallecido después de largos sufrimientos y enfermedades; u optaron por el suicidio a fin de no causar mayores infortunios a sus seres queridos; tras haber solo cumplido órdenes superiores a que fueran llamados en defensa de la patria. Lo anterior no ha sido retribuido en la misma forma por la opinión pública, dirigentes políticos, incluso de quienes fueron partidarios de nuestra participación. Para que decir de la izquierda que se ha alimentado de odiosidad y de la pseuda justicia que ha dado origen a una generosa industria que ha beneficiado en muchos casos a supuestas víctimas y abogados que financiamos todos los chilenos.

 

Fernando Hormazábal Díaz

General de Brigada (R)

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