Es bueno traer a la memoria
Hace décadas escribí una larga carta que me fue publicada por el diario “La Tercera”, y que, no obstante, -creo no equivocarme- que aún mantiene plena vigencia, en especial para las generaciones que no la vivieron; razón por la cual he creído oportuno publicarla en este medio apelando a la paciencia de los lectores.
La opinión pública no puede estar ajena a los diversos llamados formulados
por varias autoridades de gobierno o por los principales líderes de la
Concertación, en relación con lo que comúnmente ha sido identificado como
“problemas de derechos humanos”. Se piden ahora “acciones de humildad” o
“gestos de grandeza”, por parte del Ejército de Chile, concentrando en él una
presunta y exclusiva responsabilidad por los hechos del pasado. Con ello no
hacen más que ratificar cuan frágil es la memoria de los chilenos. Se pretende
que con un mea culpa o acto de contrición se allane el paso a la reconciliación
nacional. Particularmente, creo que solo se persigue juzgar históricamente a
una institución que no hizo otra cosa –junto con sus instituciones hermanas-
acoge el clamor nacional cuando se habían agotado todas las instancias
democráticas para evitar el caos en que se hallaba sumida nuestra nación.
Pero si se trata de “gestos de humildad o gestos de grandeza”, estos
deberían ser a nivel nacional, especialmente por aquellos que hicieron posible que
las cosas llegasen a tal estado en 1973. Los que llevaron al país al borde de una
guerra civil producto de una profunda crisis moral, social y económica; los que
provocaron el quiebre del orden
jurídico; aquellos que incitaron al relajamiento, la anarquía y la inmoralidad
en el campo laboral y gremial; esos que violaron sistemáticamente la
Constitución y las leyes de la República; los que se arrogaron hacer un juicio
de mérito a los fallos judiciales; los que estimularon la creación de organizaciones
sediciosas e ilegitímenle armadas destinadas a constituir un Poder Popular,
base para la dictadura totalitaria. Este acto de contrición debería ser asumido
también por todos aquellos que a través de los medios de comunicación o desde
sus intervenciones en el parlamento llamaron a los comandantes en jefe a poner
término al caos reinante en el país; por todos los que acostumbraban a lanzar monedas
o maíz al paso de las Fuerzas Armadas en los actos públicos, demandando poner
fin al desorden reinante.
En el plano de las responsabilidades es injusto, falto de objetividad y
arbitrario endosarlas tan solo a una institución. Por otra parte, pretender que
un conflicto como el que sacudió a nuestro país y en la forma en que se
presentó y desarrolló estuviese ajeno a excesos por ambos lados, es mirar el
pasado con miopía y el futuro con ataduras inconvenientes para la tranquilidad
y la prosperidad de nuestra nación. A nadie puede escapar concebir la guerra
como un exceso y un conflicto armado entre hermanos lo es aún más. Nadie anhela
ni busca los excesos, pero estos lamentablemente se dan, aun cuando ellos no se
justifiquen en modo alguno -como en los hechos ocurrió por ambos lados-. Es muy
triste reconocer que en ocasiones hay víctimas inocentes. De hecho, en la
actualidad existen personas civiles e incluso niños que fueron afectados
seriamente con daños físicos de por vida y otros que fallecieron en atentados
terroristas. Por esta razón, no se pueden juzgar los hechos del pasado con una
perspectiva tan estrecha, a menos que pretendamos dilatar permanentemente en el
tiempo una animosidad perniciosa que a la postre derive en que los ciclos
negativos se repitan.
Comprendo el profundo dolor que aflige a las familias de las víctimas de
situaciones no deseadas, entre las cuales se encuentran también numerosas
perteneciente a las FF.AA. y de Orden, pero que, sin embargo, han asumido en
silencio su dolor, sin manifestaciones callejeras ni conferencias de prensas ni
mucho menos han demostrado resentimientos hacia terceros. Por el contrario, han
acatado con respeto y resignación los numerosos indultos concedidos por S.E.,
el presidente de la República, en uso de sus facultades legales, a reos
vinculados con hechos de sangre, adhiriendo así a la tan ansiada reconciliación
nacional.
Es obvio también que resulta más sencillo hablar en estos términos cuando
no se ha sido afectado personalmente, por ello es que se requiere de una doble generosidad
por los que sí han sido, en aras de un necesario y pronto reencuentro. Bajo
este punto de vista es digno de destacar la actitud asumida por padres,
hermanos, amigos y familiares de numerosos oficiales, clases y soldados de las
FF.AA. y de Carabineros, alevosamente asesinados por grupos de extremistas y
cuyo dolor y angustia no es menor que el de las familias de quienes se escudaron
en el anonimato y en la clandestinidad para su perverso actuar.
Como corolario, puedo afirmar que, a más
de treinta años de esta nota, el Ejército de Chile ha sido el único que ha realizado
gestos de grandeza y demasiados -según mi modesto parecer- y no muy bien
recibidos por quienes vivimos ese periodo. En especial, por aquellos que hoy
cumplen injustas condenas víctimas de una justicia espuria, o han fallecido
después de largos sufrimientos y enfermedades; u optaron por el suicidio a fin
de no causar mayores infortunios a sus seres queridos; tras haber solo cumplido
órdenes superiores a que fueran llamados en defensa de la patria. Lo anterior no
ha sido retribuido en la misma forma por la opinión pública, dirigentes
políticos, incluso de quienes fueron partidarios de nuestra participación. Para
que decir de la izquierda que se ha alimentado de odiosidad y de la pseuda
justicia que ha dado origen a una generosa industria que ha beneficiado en
muchos casos a supuestas víctimas y abogados que financiamos todos los
chilenos.
Fernando Hormazábal Díaz
General de Brigada (R)
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